En primer lugar, y con cinco mil años de historia documentada, la acupuntura es probablemente la técnica médica más antigua practicada de manera continua en el planeta. En cincuenta siglos han visto la luz del día un gran número de placebos: plantas ineficaces o tóxicas, elixires de serpiente o polvos de caparazón de tortuga, pero ninguno, que yo sepa, ha sobrevivido en la práctica corriente de la medicina durante tanto tiempo.

 

 

Cuando empecé a interesarme en serio en la acupuntura, descubrí que, en 1978, la Organización Mundial de la Salud había publicado un informe en el que reconocía oficialmente la acupuntura como práctica médica eficaz y aceptada. Además, otro informe del Nacional Institute of Health estadounidense que empezaba a circular en los medios universitarios concluía que la acupuntura era eficaz al menos para ciertas condiciones, como, por ejemplo, los dolores tras una operación quirúrgica y las náuseas asociadas al embarazo o a la quimioterapia. Más tarde, un informe de la British Medical Association publicado en 2000 ha llegado a conclusiones similares, ampliando el alcance de las indicaciones, e incluyendo, por ejemplo, el dolor de espalda.

 

 Finalmente, en la literatura científica internacional pueden hallarse estudios que confirman la eficacia de la acupuntura para toda una gama de problemas, como depresión, ansiedad e insomnio, además de trastornos intestinales, síndrome de abstinencia de tabaco o heroína, esterilidad femenina (con una duplicación de la tasa de éxito de las inseminaciones artificiales), e incluso un estudio aparecido en el  Journal of the American Medical Association demuestra que es posible devolver un feto al vientre de su madre cuando viene de nalgas, ¡con una tasa del éxito del 80%!

 

La acupuntura y el cerebro

 El auténtico despegue de la exploración científica de la acupuntura fue llevado a cabo algunos años después y corrió a cargo de la publicación de un artículo en la muy selecta Proceedings of the Nacional Academy of Sciences, una revista donde sólo pueden publicar sus trabajos los miembros de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos o sus “invitados”. El doctor Cho, investigador en neurociencias de origen coreano, quiso comprobar la teoría de dos mil quinientos años de antigüedad según la cual la estimulación del dedo pequeño del pie  mediante una aguja de acupuntura mejora…la vista. Colocó a diez personas con buena salud en un escáner y empezó comprobando su aparato haciendo parpadear ante sus ojos un damero negro y blanco, la estimulación más fuerte conocida del sistema visual. De hecho, las imágenes mostraron una gran activación de la región occipital, la del córtex visual, situado en la parte de atrás del cerebro. En todos los sujetos, el parpadeo del damero provocó un crecimiento muy intenso de la actividad en esa región del cerebro, que desaparecía cuando cesaba la estimulación. Hasta ahí, todo correcto.

 

 A continuación pidió a un acupuntor experimentado que estimulase el punto llamado <<vejiga 67>> en los antiguos manuales chinos, que se encuentran en el bode externo del dedo pequeño y del que se dice que mejora la vista. Para sorpresa de todo el equipo, cuando se manipulaba la aguja a la manera tradicional –haciéndola pivotar rápidamente entre los dedos-, las imágenes mostraban una activación de la misma región del cerebro, ¡el córtex visual! Sí, cierto, la activación era menos intensa que con los dameros, pero lo suficientemente clara como para superar todas las pruebas estadísticas. Para asegurarse de que no se trataba de una alucinación –por parte de los investigadores o de los investigados-, el doctor Cho hizo estimular a continuación un punto en el dedo gordo que no corresponde a ningún meridiano. No se percibió ninguna activación de las zonas visuales. Pero el experimento no se quedó ahí.

 

 Uno de los conceptos más asombrosos en medicina tradicional china y tibetana es la idea de que existen diferentes <<tipos morfopsicológicos>>, en particular el tipo yin y el yang. Estos dos tipos dominantes vienen determinados a partir de las preferencias de cada persona respecto al calor y el frío, de ciertos alimentos, de ciertos períodos de la jornada, de su apariencia física, e incluso de la forma de sus pantorrilas. En los textos antiguos aparece escrito que la estimulación de ciertos puntos de acupuntura puede tener efectos exactamente opuestos entre los enfermos dependiendo del tipo del paciente, de ahí la importancia de determinarlo al principio. Por ello, Cho pidió al acupuntor que determinase el tipo de los sujetos participantes en el experimento. A continuación observó los efectos de la estimulación del punto vejiga 67 del dedo pequeño del pie entre los yin y los yang. Así verificó que los dos grupos reaccionaban de la misma manera cuando se les presentaba un damero parpadeante: activación del córtex visual, y después desaparición de la actividad hasta que la estimulación cesaba. Los sujetos yin tenían el mismo tipo de respuesta cuando se les estimulaba el punto vejiga 67: activación con la estimulación, retorno a la normalidad con el cese de la manipulación. Por el contrario, lo cual resultaba apenas creíble, los sujetos yang ¡mostraron el efecto contrario!  La estimulación de la aguja producía una desactivación del córtex visual, y su detención un regreso a la normalidad.

 

 

 La distinción yin-yang  no corresponde a absolutamente nada conocido en la fisiología moderna. Y no obstante, era capaz de predecir, como indicaban los antiguos textos chinos, que el cerebro respondía ala misma estimulación, con la misma aguja, en el mismo punto de acupuntura de manera exactamente contraria… Es un resultado tan inaudito que la mayoría de los científicos occidentales prefieren no pensar en ello, como había hecho yo veinticinco años antes.

 

Los acupuntores, tanto occidentales como orientales, saben perfectamente que su arte resulta sobre todo útil en el tratamiento y alivio del estrés, de la ansiedad y la depresión. No obstante, en Occidente, éstas son precisamente las aplicaciones menos reconocidas y estudiadas. Los escasos estudios occidentales son positivos, y la acupuntura ha sido incluso probada en el hospital de la Universidad de Yale para controlar la ansiedad de los pacientes antes de ser sometidos a una operación, en lugar de utilizar ansiolíticos.  Pero su aplicación todavía sigue siendo muy limitada, sin duda porque, al igual que ocurre con el método EMDR, no se comprenden muy bien sus mecanismos de acción.

 

En Harvard acaba de descubrirse uno de esos mecanismos de acción. El doctor Hui,  con la ayuda del equipo del Massachussets General Hospital, uno de los centros más grandes de imágenes funcionales cerebrales del mundo, ha mostrado cómo el cerebro emocional puede ser directamente controlado mediante acupuntura. Estimulando un único punto –situado en el dorso de la mano, entre el pulgar y el índice-, ha evidenciado la anestesia parcial de circuitos de dolor y del miedo (véase ilustración n°5). Este punto –que los antiguos manuales chinos llaman <<intestino grueso 4>>- es uno de los más antiguos y más utilizados por todos los acupuntores del mundo. Goza de una justa reputación en cuanto al control del dolor y la ansiedad..  La estimulación de la superficie de la piel, como ocurre en el EMDR cuando se utiliza la piel en lugar de movimientos oculares, parece pues capaz de “hablar” de manera muy directa al cerebro emocional y de actuar sobre él. 

 

 

El estudio de Harvard muestra que las agujas de acupuntura son, en efecto, capaces de bloquear las regiones del cerebro emocional responsables de la experimentación el dolor y la ansiedad. Gracias a ese estudio se han podido comprender mejor resultados tan impresionantes como los observados en el caso de Carolina. Los estudios realizados en conejos que no sienten más dolor, así como en heroinómanos con síndrome de abstinencia, también sugieren que la acupuntura estimula la secreción de endorfinas, esas pequeñas moléculas producidas por el cerebro y que actúan como la morfina o heroína.

 

Existe un tercer mecanismo de acción que los investigadores empiezan a discernir: una sesión de acupuntura tendría una influencia directa en el equilibrio de las dos ramas del sistema nervioso autónomo. Aumentaría la actividad del parasimpático –el “freno” de la fisiología- a costa de la actividad del sistema simpático, el “acelerador”. Por ello favorecería la coherencia del ritmo cardíaco y, de forma más general, permitiría reequilibrar el sistema. Las consecuencias de este equilibrio en todos los organismos del cuerpo están bien documentadas.

 

 

¿Correspondería este equilibrio de la fisiología al equilibrio de la <<energía vital>>, del qi , del que ya hablaban textos de dos mil quinientos años de antigüedad?  Sin duda no es posible reducir el qi a una única función, pero el equilibrio del sistema nervioso autónomo es ciertamente uno de sus aspectos. Ahora se sabe que puede ser influido por la meditación, como ya hemos visto en el capítulo 3, por la alimentación, como veremos en el siguiente capítulo, y ahora por la acupuntura. Éstos son exactamente los tres métodos de reforzamiento del qi  en los que insisten las medicinas china y tibetana…

 Al comenzar el siglo XXI asistimos a intercambios sin precedentes entre las culturas médicas y científicas de todo el mundo. Como un nuevo “paso del Noroeste” a través del estrecho de Bering, una lengua de tierra firme parece haberse tendido entre las grandes tradiciones de Occidente y Extremo Oriente. Gracias a las imágenes funcionales y a los progresos de la biología molecular, está a punto de establecerse la relación entre el cerebro, las moléculas de las emociones como las endorfinas, el equilibrio del sistema nervioso autónomo y el <<flujo de energía vital>> del que hablaban los antiguos. De estos múltiples vínculos, sin duda, nacerá una nueva fisiología que algunos, como Candice Pert, profesora de fisiología y de biofísica de la Universidad de Georgetown, en Washington, denominan la fisiología del <<sistema cuerpo-cerebro unificado>>.       

 

 La acupuntura no es más que uno de los tres pilares de la medicina tradicional china. Los otros dos son, por una parte, el control de la fisiología mediante la actitud mental –tanto a través de la meditación como de ejercicios de coherencia cardíaca de los que ya hemos hablado-, y, por otra parte, la alimentación. Para los practicantes de esta medicina cuya sabiduría nos resulta cada día más evidente en Occidente, no tendría ningún sentido utilizar acupuntura o cultivar el equilibrio mental y fisiológico sin prestar una atención particular a los componentes que renuevan constantemente nuestro cuerpo, es decir, a los alimentos que ingerimos. Se trata de un campo abandonado casi por completo por parte de los psiquiatras y psicoterapeutas contemporáneos. No obstante, se han realizado descubrimientos muy importantes acerca del control del estrés, de la ansiedad y de la depresión a través de la alimentación. Descubrimientos con un aprovechamiento inmediato.