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El hipocampo (en el neocórtex) y la amígdala (en el cerebro límbico) «ven» todas las situaciones de la vida, pero cada uno a su manera. Así pues, el ser humano actual medio oscila en todo momento, de modo consciente o inconsciente, entre dos tipos de percepción y, por tanto, entre dos formas distintas de reaccionar que entrañan a su vez resultados muy diferentes.

Si la carga emocional de la amígdala es muy intensa, es ésta la que ordena al cerebro la manera de pensar y de sentir —y, por tanto, de reaccionar— no en función de unas circunstancias concretas sino en función de una situación pasada que probablemente no tiene nada que ver con la situación presente o con la que sólo guarda una remota semejanza... La amígdala no se contenta con provocar un cortocircuito en la corteza cerebral, sino que la coloniza, ¡incluso la moviliza!

Así es como la parte racional de la mente puede ser invadida por una percepción errónea del cerebro límbico referida al pasado. Entonces las dos partes actúan de común acuerdo sin que nadie, o casi nadie, se dé cuenta...

A lo largo de muchos miles de años, el ser humano ha estado desarrollando  otra parte del cerebro llamada córtex o corteza cerebral, donde se supone  reside la inteligencia mental o, al menos, cierta inteligencia. El desarrollo de la corteza cerebral, relativamente reciente, todavía continúa. Ha dado origen a otro tipo de conciencia, a otro modo de percibir la realidad, y es lo que ha permitido, entre otros factores, la aparición de la auto-conciencia y de lo que llamamos el ego.

Así pues, con el tiempo se ha ido construyendo un segundo tipo de circuito que puede ser utilizado por el ser humano —ya bastante desarrollado— del mundo moderno.

 

De modo que la información registrada por los sentidos, después de haber pasado por el cerebro límbico, es transferida a la corteza cerebral, la parte más desarrollada del cerebro que, en principio, debe tomar el control de la situación según sus propios criterios de percepción. Su función es, en efecto, analizar lo que ocurre con más detalle, con mayor claridad y más inteligencia y, por tanto, de modo más «objetivo» y, a partir de esa percepción, moderar, adaptar o incluso inhibir por completo las reacciones primarias que proceden de la parte límbica. La corteza cerebral no debería dejarse llevar, en principio, por las reacciones primarias —emocionales e irracionales— de temor, estrés y supervivencia basadas en similitudes aproximativas del pasado que la amígdala tiende a reactivar. El ser humano, dejando atrás el aspecto instintivo y emocional, debería haberse convertido en alguien «racional y objetivo». La parte instintiva del cerebro no debería ser utilizada más que como un potencial de energía al servicio del córtex inteligente, de modo que las reacciones inducidas pudieran ser más adecuadas, ya que la corteza cerebral es capaz de percibir la realidad con mayor claridad. El cochero empieza a saber dominar al caballo.

 

Observemos de paso que, si bien es cierto que el camino que atraviesa la corteza cerebral permite una percepción más exacta de la realidad, no obstante es un camino relativamente lento, mucho más lento que el de la parte límbica. Porque, en efecto, en el córtex la información es analizada y tratada por innumerables circuitos nerviosos, lo que hace que se vaya afinando pero, al mismo tiempo, reduce su velocidad en comparación con la del primer circuito, el de la amígdala. Subrayamos la relativa lentitud del neocórtex en comparación con el funcionamiento del cerebro límbico porque tiene mucha importancia, como veremos después, cuando descubramos otro tipo de conciencia, un «tercer cerebro» que ofrece recursos más rápidos y más seguros que los que nos pueda prometer esa parte de la inteligencia.

 

Este  circuito en cuestión  nos permite reaccionar de manera adecuada, no de forma emocional o instintiva e  irracional...

 

Las dos partes del cerebro

 

En el ser humano actual, la grabación se realiza de dos maneras distintas. En realidad, posee «dos cerebros», cada uno de los cuales tiene su propia manera de tratar la información.

 

Uno, el córtex o corteza cerebral, registra los hechos tal como son, sin carga emocional alguna. Eso ocurre, por ejemplo, cuando se adquieren conocimientos o, en general, cuando se viven experiencias neutras o agradables, es decir, aquellas en las que no hay estrés ni sufrimiento sino sólo observación, aprendizaje, experiencias tranquilas y, por tanto, libre circulación de energía. Es la sede de las memorias sin cargas emocionales que, en mi obra anterior, La libertad de ser,' denominaba «memorias libres». Es también la parte del cerebro que nos permite ser conscientes de nosotros mismos.

 

El otro, el cerebro límbico, es la sede de lo que he dado en llamar memorias activas, donde se graba no sólo el acontecimiento en cuestión sino también la carga emocional que lleva consigo. Las he adjetivado «activas» porque están prestas a ser «activadas» en cuanto aparezca algún elemento desencadenante. Actúan de modo automático e inconsciente,8 y son fortísimas porque son portadoras no sólo del pasado del individuo sino también de todo el pasado evolutivo de la humanidad. Conocer cuál es exactamente su origen —personal (de la vida presente o «pasada»), o ancestral, o del inconsciente colectivo—no es esencial. Lo que sí es importante, en cambio, es reconocer su presencia para poder afrontarlas de manera adecuada.

 

Señalemos aquí dos hechos interesantes:

 

• La velocidad de tratamiento de la información. Los dos cerebros están constituidos por distinto tipo de materia física. El neocórtex está formado por capas bien organizadas de neuronas, mientras que el cerebro límbico es más bien una amalgama con una estructura muy primitiva que sólo permite una percepción aproximada de la realidad. En cambio, la información circula por él de manera muchísimo más rápida. Se sabe, en efecto, que el cerebro límbico es capaz de tratar cuarenta mil millones (4x1010) de bits de información por segundo —recordemos que es un sistema para asegurar la supervivencia, ¡y la Naturaleza sabe lo que hace!— mientras que la corteza cerebral normal, la del circuito consciente, sólo puede tratar 2000 bits de información por segundo."' Tiene una percepción más correcta de la realidad, sin duda, pero muchísimo más lenta. Necesitamos encontrar algún procedimiento que nos permita hallar una velocidad que sea adecuada para sobrevivir y, al mismo tiempo, no nos haga estar a merced de las cargas inconscientes. Lo hay, en efecto...

 

El poder de creación. La menor velocidad de la corteza cerebral queda compensada por su capacidad para crear de manera libre y original, mientras que la amígdala, programada y automática, no puede hacer otra cosa que reproducir el pasado. Así pues, aun cuando el desarrollo del córtex es todavía limitado, tiene abierto ante sí un camino totalmente diferente; con un desarrollo superior, podremos acceder a una percepción diferente de la realidad, que nos devolverá la libertad perdida.

 

Sin embargo, todavía nos queda mucho camino por recorrer. Nos esperan grandes descubrimientos. Según los investigadores de neurociencia, el ser humano medio actual sólo es consciente del 5% de sus actividades cotidianas, mientras que el 95% restante procede del inconsciente. Y son cifras optimistas. Algunos las reducen al 1% y 99%, respectivamente.

 

La utilización del cerebro límbico es automática  La del córtex es opcional, resulta de una decisión consciente.

 

La mayoría de la humanidad actual funciona utilizando ese circuito híbrido —un poco de córtex lento y consciente, mucho de cerebro límbico rápido pero inconsciente—. Es cierto que algunas personas están más desarrolladas mentalmente, mientras que otras tienen más carga emocional; pero, en general, es el circuito que predomina en la conciencia colectiva actual. Sin embargo, tanto los que están polarizados en la mente como los que lo están en las emociones, todos hemos de pasar a una nueva etapa si queremos acceder a una percepción exacta y global de la realidad y desarrollar así plenamente nuestro potencial. El circuito híbrido que utilizamos en la actualidad es un paso intermedio necesario entre el circuito primario inferior y uno superior.