Este artículo en audio hecho por ordenador. Las creencias 5ª parte

 

De acuerdo con el modelo «la goma y el tintero», hay dos tipos o estructuras de experiencias. Para la supervivencia se necesita alimento, agua, oxígeno, cuidados, pero también protección contra el frío, los depredadores, el gas carbónico, etcétera. Existen esas dos realidades, ante las que se producen dos movimientos: asirse a lo positivo y alejarse de lo negativo. Podemos, por consiguiente, reconocer dos tipos de experiencias:

 

           Las experiencias de lo «demasiado lleno», en las cuales se ha estado en contacto con lo negativo, con una fuente de sufrimiento o de disgusto. Es el caso, por ejemplo, de una agresión. Lo primordial, sobre todo en el plano emocional y de conducta, es evitar lo negativo. De manera defensiva y en una tentativa de restauración, la tendencia personal será la de borrar (la «goma»). Se activan entonces mecanismos tales como la evitación, la negación, la anulación, la alucinación negativa que hace desaparecer el objeto.

 

           A la inversa, las experiencias de falta, de vacío, de «insuficiencia», son aquellas en las que se ha estado separado, abandonado, descuidado, desnutrido, etcétera. Lo primordial será la búsqueda de contacto continuo con lo positivo, con fuentes de gratificación, y el rechazo al riesgo. Lo que cuenta entonces es no estar separado de lo positivo. La tendencia será añadir contacto (el «tintero»). Se encuentran allí las conductas de riesgo, la bulimia, las patologías adictivas, la tendencia a acumular, como el coleccionismo, las personalidades dependientes y, en el extremo, el delirio y la alucinación.

 

Una de las estrategias de funcionamiento del inconsciente es buscar lo que hay en común entre dos (o varias) experiencias para proceder a elaborar una generalización que termina en la construcción de una creencia. Nuestro inconsciente busca lo que hay en común entre diferentes experiencias.

 

Observamos entonces un mecanismo importante del funcionamiento cognitivo automático, que consiste en buscar los aspectos comunes en varias experiencias, ya sean positivos o negativos.

 

En la implantación de una creencia observamos el siguiente funcionamiento: el sujeto tiene una experiencia con alguna persona, y después una segunda y una tercera con la misma persona. Su inconsciente cognitivo va a buscar lo que hay en común entre esas diversas experiencias con la misma persona, positivas o negativas.

 

Pero es muy raro que una experiencia solo sea positiva o solo negativa. La mayor parte del tiempo presenta una mezcla de dos valores. Generalmente domina la ambivalencia. Y toda realización de un deseo o de un proyecto tropieza, tarde o temprano, con el principio de la realidad y pasa por un momento de desilusión, una desidealización que va a ser necesario integrar. De acuerdo con el principio del placer, el inconsciente colocará, como sobre los dos platos de una balanza, lo positivo y lo negativo. Serán determinantes entonces nuestros criterios y sus jerarquías.

 

La implementación de las creencias no es ni lógica ni estadística

 

Numerosas creencias son producto de una forma de tratamiento estadístico personal y no responden en absoluto a las exigencias de la lógica racional o científica. Una correlación, incluso muy significativa, entre dos elementos, no es jamás suficiente para probar cualquier vínculo de causalidad.

 

 

 

La creencia tiene un origen y un desarrollo. Se inscribe en una historia personal, familiar, social, educativa y cultural. La educación, la transmisión de conocimientos, nos hace heredar una parte de las creencias de nuestros padres, de nuestros ancestros, de nuestros educadores (profesores, sacerdotes, monitores...) ya sea:

 

             Por vía transgeneracional, inconsciente.

             Por influencia del medio ambiente.

             Por transmisión implícita o explícita de valores familiares o tradicionales (la educación).

 

Los padres poseen cierto número de valores y de creencias que transmiten a través de la educación y que el niño no está en posición de cuestionar; tampoco puede intentar verificarlas, porque eso no figura en la conciencia; son como el aire que respira: «esto es así?». Son evidencias, perogrulladas para quien las recibe, que lo hace sin plantearse preguntas. Hasta cierta edad, el niño considera como normal y evidente todo lo que sucede y lo que se dice en su casa. Su necesidad de seguridad se alimenta del pensamiento de que los padres tienen razón. Es, de alguna manera, una importación, la función copiar-pegar. Por lo general es más tarde, en el contacto y el diálogo con los demás —o, dicho de otra manera, en el reencuentro con el exterior—, cuando el niño puede comenzar a darse cuenta que fuera las cosas funcionan de modo diferente. El niño puede entonces comenzar a desunir, a poner en duda, a interrogar, pues se ha convertido en un individuo consciente.

 

Una de las formas más frecuentes de desarrollar las creencias es la interiorización (o introyección), durante la infancia, de mensajes de los padres: valores, prohibiciones, exhortaciones («sé prudente»; «sé educado»; «sé perfecto»; «sé sumiso»...).

 

Por consiguiente, las creencias familiares son generadas por el inconsciente del grupo. Estas creencias o representaciones son muchas veces fuente de malestar, de conflictos o de sufrimientos, y uno de los miembros puede ser el portador. Familias enteras llegan a desarrollar creencias o fantasmas, compartidos por todos sus miembros, concernientes a terrenos tan diversos como el éxito social, los roles de los hombres y las mujeres, la sexualidad, los extranjeros, etcétera.

 

¿Qué mecanismo se pone en marcha para que las creencias tengan fuerza de ley y ejerzan tal poder de obligación?

 

Cuando nuestras creencias no están satisfechas, percibimos un desfase en relación con nuestro escenario de vida, delimitado por nuestras creencias fundamentales, y ese desfase es fuente de angustia 2 o de culpabilidad. Para huir de la culpabilidad y de la angustia debemos dejar de atender a las exigencias que emanan de nuestros sistemas de creencias y, en vez de ello, reflexionar sobre esas creencias en sí mismas, cuestionarlas, cambiarlas.

 

La angustia puede provenir de una pérdida de sentido, de identificación, de control, incluso de identidad. Porque, como ya mencionamos, una función de las creencias es delimitar el espacio de uno mismo.

 

Cuando experimentamos un desfase con las creencias de valores morales fuertes, o basadas en exhortaciones en la edad temprana, puede surgir un sentimiento de culpabilidad. El súper yo ejerce ahí su poder constrictivo y punitivo al situar en primer plano la conformidad con las referencias externas (leyes, normas, reglas) y al descalificar las referencias internas (consideradas como egoístas, narcisistas, inmaduras, incluso «malas»). Consideramos que la buena salud psicológica se sitúa en un punto de equilibrio entre estos dos polos.

 

El acercamiento psicoterapéutico buscará localizar esas exhortaciones para «descubrirlas» enseguida y hacer que aparezca la red de creencias que las resumen; en particular, la amenaza no explícita que está debajo de esta («sé amable, si no...» ¿qué? ¿Cuál es el riesgo?). Logrará también la identificación de esa otra persona que ahí se expresa (¿Quién habla? ¿Quién dice eso?). Será necesario acompañar a la persona en una labor de desidentificación, de separación, de liberación y, a la vez, de reforzamiento del Yo, de actualización de nuevos valores y creencias, y de anclaje de referencias fuertes y mejor adaptadas.