Este artículo en audio hecho por ordenador. Las creencias 4ª parte

 

UNA CREENCIA NO RECONOCE JAMÁS SU NATURALEZA DE CREENCIA

 

Nuestras creencias nos conducen fuera del campo de nuestra voluntad consciente.

Las creencias están vinculadas con lo que llamamos perogrulladas. De acuerdo con el Diccionario de la Academia Francesa, una perogrullada es «una verdad tan evidente como banal». Una creencia es como un vestido que uno se pone por la mañana, y del que nos olvidamos muy rápidamente. Antes de leer estas palabras sobre las ropas, ¿sois conscientes de estar vestidos? Lo sabéis, ciertamente, y no os lo preguntáis. Somos conscientes del contacto de la tela sobre la piel cuando nos vestimos por la mañana; después, lo olvidamos muy pronto, lo cual es bastante positivo pues, de no ser así, se movilizaría una importante cantidad de energía psíquica que ya no estaría disponible para otras actividades.

 

La creencia, la perogrullada..., son evidencias y, bajo ese título, ya no las cuestionamos.

El ser humano se mueve por sus creencias. Se piensa, se vive, en función de estas; se convierte en su objeto y gasta una cantidad de energía considerable a su servicio. Es sorprendente descubrir cuántos de nosotros pasamos la vida como esclavos de algo desconocido, sin buscar ni intentar conocerlo, ni liberarnos de ello. Para lograr liberarnos es necesario conocerlo y reconocerlo, porque la creencia es una evidencia que no se pone en duda, a la que no se interroga.

Implementamos creencias para alejarnos de experiencias desagradables, durante las cuales hemos estado privados de lo positivo o hemos estado en contacto con demasiadas cosas negativas. Las redes de creencias tienen, de este modo, una función previsora, de protección o de defensa ante cualquier nueva experiencia negativa.

La creencia se implementa en un contexto en el que cumple una función; constituye una respuesta de adaptación al ambiente. Después se generaliza y el contacto con el contexto real se pierde. La creencia lleva entonces, por decirlo de algún modo, una vida autónoma en la psique, sin tener más en cuenta el contexto.

 

Las creencias no son, en sí mismas, ni buenas ni malas. Participan en la coherencia y en la estructuración de la persona. Por ello es necesario que las abordemos con precaución y delicadeza. Puede ser tremendamente desestabilizador para un individuo poner en duda sus creencias, porque, como acabamos de ver, son puntos de referencia que permiten dar sentido y orientación a la existencia.

La creencia es un código petrificado de uno o varios instantes vividos en el pasado.

La creencia es una generalización, sin verificación, de las deducciones de ese pasado vivido.

La creencia es una generalización categórica, artificial y no justificada.

 

El cerebro humano trabaja sin cesar. Aprende con rapidez, memo-riza (mucho más de lo que recordamos), saca conclusiones de sus aprendizajes y emite respuestas o estrategias de adaptación. La psicología nos muestra que un pequeño número de experiencias es suficiente para que la psique realice todo ese proceso. Como hemos podido comprobar durante nuestra labor clínica, una o dos experiencias pueden ser suficientes para dar lugar a una generalización y para que se establezca una creencia.

 

En el origen de las creencias pueden estar:

 

1. Un acontecimiento único, un shock importante, un traumatismo;  es decir, una experiencia muy fuerte en el plano emocional.

2. Una serie de experiencias menos fuertes, menos impactantes, menos graves, aunque repetitivas. En este caso, la repetición es la que establece las bases para la creencia. Nuestras observaciones nos han demostrado que, en muchos casos, son suficientes dos experiencias similares para que una creencia se establezca, en ocasiones, de manera perdurable.

3. Un acondicionamiento educativo.

La mayor parte del tiempo no sabemos bien por qué creemos lo que creemos. Los orígenes caen en el olvido y, como hemos visto, la creencia se impone como una evidencia. Se ha olvidado la pregunta, pero se mantiene la respuesta; se ha olvidado el problema, pero se conserva la solución de adaptación. Y se justifican los comportamientos, las elecciones, la espontaneidad, los pensamientos, por todo tipo de racionalizaciones o de argumentaciones intelectuales que, de hecho, nada tienen que ver con los determinismos reales que habitan en nuestro inconsciente.

Como ya hemos mencionado, un acontecimiento único, un shock, puede ser suficiente para ocasionar el establecimiento de una creencia. El shock responde entonces a cierto número de características:

 

a) El acontecimiento es inesperado

 

Hay una desviación, una diferencia, entre lo que esperamos de una situación precisa y lo que sucede. Se trata de una desviación entre nuestra expectativa y la realidad del ambiente. Con mucha frecuencia esperamos algo diametralmente diferente, opuesto o neutro.

 

b)   El acontecimiento es brutal

 

Esta experiencia es acompañada por una violencia que nos amenaza y nos obliga a reaccionar... Pero nos encontramos desvalidos y no tenemos acceso a nuestros propios recursos, o bien la violencia desborda nuestras capacidades de procesamiento y amenaza con poner en peligro nuestra organización anterior. Para protegernos de esta amenaza, debemos reorganizar la realidad en el interior de nosotros mismos (re-ordenar nuestra red de creencias) para poder integrar esta experiencia en un sistema significativo.

 

Nuestras experiencias pasadas no nos han preparado para este tipo de vivencias. Para no sufrirlas, debemos cambiar: «Lo creía simpático, pero me ha decepcionado... jamás confiaré en él ni en ninguna otra personal».

 

c) El acontecimiento es nuevo

 

El acontecimiento es nuevo, por lo que la persona no cuenta con experiencia previa de referencia. No tiene retrospectiva, no cuenta con una vivencia anterior ni con recursos personales para hacerle frente.

 

d)  El acontecimiento se vive en soledad

 

Por una u otra razón, la persona no puede comunicar lo que ha vivido. El acontecimiento permanece sin que se pueda contar: no hay palabras, no es compartido y no se integra en un relato. Permanece como un elemento en bruto, no elaborado, no transformado, sustraído al trabajo psíquico de simbolización. Esto es, por lo general, lo que ocurre en el caso de los traumatismos. La enfermedad procede de una falta de vocabulario.

 

 

e)  El acontecimiento afecta a la representación de uno mismo

 

La distinción entre identidad (inamovible, esencial) e identificación (movible, cambiante) es fundamental. La primera se refiere a nuestro ser profundo, inatacable, inalterable; la segunda es no solo cambiante, sino frágil, sujeta a todas las transformaciones posibles, a los ataques, a los abandonos. Al tomar la forma de la primera, es la fuente de nuestras ilusiones y después de nuestros sufrimientos.

 

Un despido solo puede afectar si nos identificamos con nuestra profesión.