Vamos a usar la metáfora del carruaje.

Para comprender la dinámica interior del ser humano, vamos a usar una analogía.

Dicha analogía compara al ser humano con un conjunto formado por un carruaje, un caballo que tira de él, un cochero que dirige el caballo y el amo y señor, sentado en el carruaje, detrás del cochero.

 

El carruaje representa el cuerpo físico.

          El caballo, las emociones.

          El cochero, la mente.

          El señor, la esencia de lo que somos verdaderamente (cualquiera que sea el nombre que se le dé: conciencia superior, alma, Ser superior, Maestro interior, Guía, etc.).

          El conjunto físico, emocional y mental constituye lo que a menudo llamamos «personalidad» o «ego». En esta obra utilizaremos los dos términos indistintamente.

 Imagina un carruaje llevado por caballos, en el que el cochero es tu mente, el carruaje tu cuerpo, los caballos tus emociones y tú eres el viajero que comunicas al cochero tu objetivo. Para viajar bien, los tres son necesarios y si los tres están equilibrados, vamos bien; sin embargo, para conocer la meta del viaje necesitamos al viajero, sólo él sabe adónde vamos, sólo él sabe el objetivo del viaje… Él es quien da sentido a este viaje.

 

          El cuerpo físico, el carruaje

 

Según esa analogía, el estado en que se encuentre el cuerpo físico —el carruaje— no sólo depende del mantenimiento que le procure un cochero inteligente, sino también de la forma en que sea llevado por el caballo. Así pues, dado que el estado del cuerpo físico se puede observar y evaluar con facilidad, nos dará preciosas indicaciones respecto al grado de dominio del cochero sobre el conjunto formado por el caballo y el carruaje.

 

          Las emociones, el caballo

 

En la palabra emoción está «moción», o sea, movimiento. Las emociones son las que inician el movimiento, y lo hacen a través del fenómeno del deseo. Si bien es cierto que hay diversos tipos de deseo (aquí distinguiremos dos grandes categorías) no es menos cierto que la palabra «emoción» conlleva en su esencia un vasto depósito de energía accesible a todo el ser. Por eso, en esta analogía, el caballo representa las emociones: es él el que posee la energía necesaria para tirar del carruaje. Así pues, es un elemento básico en la realización del viaje.

¿Cómo se utilizan las emociones? Ésa es una pregunta importante, fundamental. A lo largo del libro iremos descubriendo, entre otras cosas, el arte de utilizar el inmenso depósito emocional, porque el buen gobierno de las emociones requiere gran maestría...

 

          La mente, el cochero

 

La mente es la sede de los procesos del pensamiento. Podemos distinguir en ella dos aspectos del ser humano, ambos muy complejos. Gracias al desarrollo de su inteligencia, las funciones del cochero son, en principio, las siguientes:

 

1)         transmitir a su amo y señor las informaciones procedentes del exterior,

2)         entender sus directrices en respuesta a las informaciones recibidas,

3)         ser capaz de dominar el caballo y llevarlo en la dirección que el amo le haya indicado en su respuesta, y

4)         cuidar con eficacia del carruaje.

Así pues, resulta fácil comprender hasta qué punto es importante el papel de la mente, no sólo porque es el vínculo entre el Ser superior y el ego sino porque, además, a través de ella el ego expresa en el mundo la voluntad del señor, el Maestro interior. Subrayemos que esta analogía pone de relieve un elemento importante relativo a las emociones, y es que el comportamiento del caballo depende sobre todo del modo en que sea dirigido por el cochero. Eso significa que los diversos estados emocionales dependen en gran parte de los pensamientos y no de lo que ocurre en el exterior, como acostumbramos a creer.

 

Ahora imaginemos tres carruajes con tres cocheros distintos.

 

Los cocheros se preparan para un importante objetivo.

 

Uno de ellos cuidará mucho a sus dos caballos y les dará todas las atenciones posibles. Amor y Miedo, que así los llama se volverán caprichosos, sin embargo, el cochero cederá a todos sus deseos y olvidará cuidar su carruaje, que con el tiempo, quedará oxidado y destartalado.

 

El segundo cochero en cambio, empleará toda su energía y conocimientos en mejorar su carruaje. Siempre buscando información y materiales para tenerlo a la última. Pero sus caballos estarán descuidados y flacos porque no le quedará tiempo ni recursos para ellos.

 

El tercer cochero buscará el equilibrio entre la atención que dedicará a sus caballos y al carruaje. Éste es modesto pero está bien ajustado, y sus caballos estarán sanos, pues no cede a todas sus exigencias.

 

El día tan importante del recorrido llegó, y todos estarán muy seguros de sí mismos. Tras unos metros, los caballos del primero se desbocaron porque no querían correr más y rompieron el carruaje, el carro del segundo era demasiado pesado para sus hambrientos caballos, que frenaron en seco y lo hicieron volcar. Mientras, el tercer cochero con paso firme y tranquilo continuará hasta llegar a la meta indicada por el viajero.

 

Los caballos y el carro forman un equipo indivisible, al igual que las emociones y la mente, pero para que todo funcione, el viajero es quien tiene que tomar las decisiones.

El cochero mantendrá y reparará el carruaje cuando haga falta, pero no se obsesionará con él, y alimentará y cuidará a los caballos, pero no se someterá a ellos.

El viajero es quien conoce la meta y es quien realmente nos puede llevar a ella, subido a una mente serena, impulsado por un cuerpo y unas emociones equilibradas.

La mente es el vínculo entre el ser superior y el ego. A través de este canal el ser superior se expresa en el mundo. El comportamiento del caballo depende de cómo el cochero lo dirige. Por tanto los estados emocionales (el caballo)  dependen en gran parte de los pensamientos (el cochero) y no de lo que ocurre en el exterior.

Nosotros tenemos cuerpo, emociones y mente y espíritu. El espíritu  es la esencia del ser, es el alma, es el amo del carruaje.

 

Lo ideal es que el amo del carruaje (el espíritu) tu viera una misma voluntad con la mente (el cochero) actuaran al unísono. Este contacto tan directo y enriquecedor permitirá al cochero actuar con inteligencia y dominio del carruaje y de los caballos. A este sistema físico, emocional y mental le llamamos ego. Un ego bien dirigido por el espíritu  la esencia superior llena de cualidades el viaje con sabiduría, amor, inspiración y libertad. Nuestro viaje estará lleno de plenitud, creatividad, amos, fortaleza, equilibrio, etc.

En la actualidad es posible que muchos de nosotros estemos llevando este carruaje casi sin comunicación entre  la mente y el espíritu.

Tenemos que funcionar desde el corazón en comunicación con la cabeza.

  

El funcionamiento ideal

Según dicho modelo, el funcionamiento ideal del ser humano sería el siguiente: el señor (el Ser), portador del conocimiento y de la sabiduría, transmitiría sus directrices al cochero (la mente) en forma de ideas que él/ella, despierta y abierta, transformaría en pensamientos inspirados, necesarios para la ejecución perfecta de la voluntad del dueño del vehículo.

La voluntad del cochero y la del dueño serían una sola y única voluntad. El contacto entre ambos sería tan directo y enriquecedor que permitiría al cochero actuar con la inteligencia y competencia necesarias para tener un dominio perfecto del caballo (las emociones). Además, dirigiría con armonía y eficacia el conjunto formado por el carruaje y el caballo (el ego), conduciéndolo por el camino designado por el señor —que es el único que lo conoce— sin extraviarse por sendas peligrosas o callejones sin salida. El caballo, perfectamente dominado, actuaría con toda su fuerza (potencial emocional disponible por completo) y tiraría del carruaje con rapidez, armonía y eficacia (máximo potencial creador). Si a esto se añadiera una conducción inteligente, se conseguiría el buen estado del carruaje (buena salud y mucha energía física).

 

De esta forma, el conjunto formado por los sistemas mental, emocional y físico, es decir, el ego, podría expresar perfectamente en el mundo material la voluntad del alma, nuestra esencia. Y así manifestar de modo concreto las elevadas cualidades del corazón y del espíritu que el dueño del carruaje (el alma) porta en sí: inteligencia superior, sabiduría, compasión, inspiración, etc.

Se viviría entonces en un estado de plenitud, creatividad, fortaleza y amor que nada ni nadie podría alterar. Se estaría en condiciones de hacer frente a las dificultades y desafíos de la vida con sabiduría, inteligencia, serenidad y equilibrio. Y por lo que respecta al caballo (el sistema emocional consciente e inconsciente), permanecería abierto y sensible, pero sin dejarse perturbar por otros caballos o carruajes que, mejor o peor dirigidos por sus correspondientes cocheros, circularan por el mismo camino. Perfectamente guiado, podría continuar su ruta cualquiera que fuera el comportamiento de los demás y cualesquiera que fueran las circunstancias externas. Sin la barahúnda emocional habitual, nuestras relaciones serían dichosas y enriquecedoras y, como es natural, se convertirían en ocasiones para celebrar el viaje de la vida. Podríamos disponer de toda nuestra energía para crear e irradiar plenamente nuestra luz en el mundo.

 

 

El funcionamiento actual

 

 Hasta ahora, el conjunto formado por el carruaje y el caballo ha sido dirigido a lo largo del camino de la evolución por un cochero relativamente aislado del señor, pues apenas había desarrollado la capacidad de entrar en contacto con él.

 

Esta desconexión con tu Ser más elevado hace que el carruaje tenga mucha potencia y poco control.

 

Sin la sabiduría y el discernimiento del Maestro interior no es capaz de llevar a cabo sus funciones de manera eficaz, armoniosa y creativa, ni de controlar correctamente el caballo, que más bien le domina a él casi siempre. El caos y las dificultades cotidianas que vivimos en la época actual, tanto a nivel personal como planetario, proceden del mencionado funcionamiento que tenemos actualmente.

 

La esencia del ser, el alma, el señor

La filosofía materialista no acepta la esencia del ser humano, niega que exista. Pero todas las tradiciones y la propia experiencia de la vida nos recuerdan que, aunque es evidente que tenemos cuerpo físico, emociones y pensamientos, también es evidente que somos algo muy distinto. Los nombres que se atribuyen a esa parte esencial del ser son tan diversos como las culturas. La nuestra, la judeocristiana, la denomina «alma». A lo largo del libro utilizaremos a veces esa palabra, que nos resulta familiar, pero no en el sentido religioso (que en su grado más elevado lo incluye), sino en el de «esencia», como cuando se habla del «alma de las cosas». Otras veces utilizaremos el término «Ser», que es lo que somos en realidad.

En el siglo pasado es posible que dominara la razón, la mente racional y casi no se hablara de las emociones.

En esa época se medía la inteligencia que solamente estaba en el cerebro y se usaba el C. I. el cociente intelectual. Pero las emociones casi no se usaban para determinar la inteligencia, sin embargo existían en todos los ámbitos, familiares, laborales, relaciones, etc.

Este mundo emocional  desconocido y sin embargo muy activo domina aspectos de la sociedad, de la vida. Estamos con las emociones no reconocidas, no expresadas y mal llevadas. Esas emociones que no se digieren y, o no se descargan correctamente,  vuelven a salir en otros momentos de la vida en detrimento de esta. Este mundo emocional no resuelto puede crear actividad destructiva, agresividad, confusión, desprecio, malestar físico, falta de cooperación, falta de comunicación, venganzas, mala voluntad, etc.

 

Estas emociones conscientes o inconscientes  manipulan nuestra mente racional. La vida se convierte en un mar de lucha y de incongruencias. Se piensa que la mente racional es la única base de la inteligencia, desprestigiando el gran potencial de las emociones. Tenemos un carruaje llevado por partes separadas, las emociones van por su camino, la mente por el suyo y el espíritu desconectado de todo.

En el nuevo camino en esta nueva era de la consciencia tenemos que unificar todos estos aspectos y descubrir una fuente de inteligencia e inspiración mucho más elevada.

Ya se observó que ese C.I. coeficiente de inteligencia no hacía a las personas más exitosas, más felices, más creativas ni más inteligentes. En cambio personas con menos C.I. menos dotadas en el campo intelectual eran más dichosas, más felices y en su entorno eran bien queridos viviendo en armonía y amor.

 

Después de los años 1960 ya se empezaba a hablar de la inteligencia emocional con cualidades como:

 

Individuos que son capaces de reconocer y expresar sus emociones. Pueden llevar una vida dichosa, pueden comprender de qué modo se sienten los demás y pueden crear y mantener relaciones interpersonales satisfactorias y responsables sin convertirse seres dependientes. Tienen una visión positiva de sí mismo y actitudes y potencialidades. Son personas realistas y optimistas que consiguen resolver bastante bien sus problemas y afrontar el estrés sin perder el control.

 

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