Este artículo en audio hecho por ordenador

Más de alguna vez nos hemos sentido perdidos, confundidos y desubicados, lo que nos hace correr alocadamente a un lugar tranquilo, lejos de los demás donde podamos aclarar nuestros sentimientos, nuestra esencia y a verdad. Hay muchas personas que han hecho de su vida exactamente eso, una interesante y fascinante falsa realidad.

Nuestras vidas se parecen a un sueño. Cuando estamos soñando, todo lo que experimentamos parece muy real. Sólo al despertar del sueño descubrimos que esas experiencias no eran reales. El campo de la mente ha provisto el material para todas las imágenes, toda la acción, todo el lenguaje del sueño. De la misma manera, la mente de vigilia sostiene y ordena nuestros pensamientos, sentimientos y percepciones a medida que pasan por ella. El resultado parece real e incluye todo lo que conocemos como experiencia cotidiana. Sin embargo, cuando miramos hacia atrás nuestras experiencias vemos que están compuestas sólo de pensamientos e impresiones transitorias.

 

A menudo generamos  un montón de sufrimientos, inútiles debido a que nuestra percepción de la realidad ha sido deformada instantáneamente por una carga emocional no resuelta, seguida por todo su ser. La mente ha justificado las reacciones emocionales con una serie de argumentos muy convincentes —para él—, puesto que vienen enriquecidos con la energía de su fuerte carga emocional. Esto es un sistema automático muy difícil de percibir, ya que se enmascara en tu supuesta personalidad.

La carga emocional no resuelta te ha anegado por completo. Y el cerebro ha sido invadido por una serie de pensamientos que le han apartado de la realidad del momento. Pero él no se da cuenta de nada de eso.

Este  es el mecanismo que actúa siempre, tanto en los pequeños como en los grandes acontecimientos que jalonan nuestra existencia y condiciona en todo momento la calidad de nuestra vida.

Aunque no se hayan vivido grandes traumas en la infancia, el mecanismo descrito está siempre en acción. El contenido del cerebro límbico es muy rico y complejo,  y puede hacer que intervengan otras memorias distintas a las de la propia infancia (memorias ancestrales, «vidas pasadas», inconsciente colectivo...).

Pero, por lo que respecta al tema que nos ocupa, lo que importa es ver cómo actúa en las actividades de la vida cotidiana. Está siempre ahí. Es una permanente relación de fuerzas entre la carga emocional de la amígdala (cualquiera que sea su origen) y el desarrollo de la corteza cerebral.

Así pues, las memorias activas no sólo dan lugar a ciertas reacciones emocionales, sino también a determinada manera de pensar. Por eso hablamos de una mente automática" que funciona como un ordenador preprogramado por el pasado.

 

La dimensión mental-emocional se ha añadido a la dinámica que funcionaba en tiempos de las cavernas, que sigue en pie. De modo que, a lo largo de los siglos, hemos construido unos sistemas de defensa que, junto a la carga emocional de la amígdala, se han grabado en una parte de la corteza cerebral. Y son lo suficientemente sofisticados como para darnos la impresión de constituir una personalidad. He ahí el origen de lo que llamamos el ego.

 

Tenemos pues un superordenador interior formado por materia emocional y mental que, extendiendo su actividad más allá de lo que le corresponde, aplica de forma indebida el mecanismo primario «grabación-similitud».

 Dado el estado embrionario en que se encontraba el córtex al comienzo de la evolución, el ordenador tenía su razón de ser; pero ahora se sobrepasa en sus funciones y mantiene al ser humano en un mundo ilusorio, limitado e ineficaz, fuente de muchos sinsabores y, a veces, de grandes sufrimientos. ¿Dónde se encuentra la inteligencia emocional?.

Así pues, a pesar del desarrollo que ha tenido lugar en la corteza cerebral, la conciencia del ser humano medio actual funciona todavía según los principios básicos de supervivencia por los que se regía el hombre de las cavernas, ampliados ahora al campo psicológico.I2 Las grabaciones son un poco más complejas, más sofisticadas, pero el mecanismo es el mismo. En ese nivel de conciencia, el ego, en su forma todavía primaria y automática, reina como rey absoluto.

 

En contra de lo que se podría creer, los mecanismos del circuito inferior no funcionan sólo de vez en cuando, en situaciones especiales, dramáticas o intensas, sino las veinticuatro horas del día. El ser humano medio, inconsciente de sí mismo, está sometido a él permanentemente. No es preciso que nos encontremos en una situación de aparente peligro físico, abrumados por el pánico o por una crisis emocional espectacular para que las memorias contenidas en la amígdala tomen el mando. Un intelecto muy brillante puede estar sometido a ellas, quizá de manera poco visible, pero muy directa y concreta. Incluso podríamos decir que, cuanto más desarrollada está la mente, tanto más peligrosas pueden ser en la vida cotidiana las consecuencias de los mecanismos emocionales, pues están camuflados, protegidos o alimentados con habilidad por una mente potente, que refuerza así la falsa individualidad que es el ego programado.

El comportamiento que depende de cargas emocionales primarias es mucho más activo y mucho menos evidente de lo que creemos. Lo que ocurre en el mundo actual es una manifestación directa de ello.

El ego, tal como se ha construido hasta el presente, funciona como una máquina dirigida por el ordenador de la mente inferior. Es lo que hemos visto hasta ahora. Eso significa que cuando nos identificamos con él, es decir, cuando nuestra conciencia utiliza el circuito programado por las memorias, nos convertimos en una máquina, en un robot. En ese caso, los pensamientos, sentimientos, acciones y decisiones que tomamos en la vida cotidiana no provienen de la voluntad de nuestro ser profundo, sino de los mecanismos automáticos de respuesta a los estímulos procedentes del entorno. Es la máquina la que responde, no nosotros. Pues bien, un robot no puede experimentar la belleza, el amor, la alegría, la creatividad, la fraternidad, la Vida... ni la libertad. Ese tipo de experiencias corresponden a otro circuito de la conciencia. Mientras funcionemos en el inferior, identificados con el ego automático, somos una máquina, separados de otras máquinas. Estamos en un mundo de robots programados por siglos de sufrimientos y limitaciones, un mundo de máquinas dirigido por otras máquinas...

 

La libertad perdida

 

Cuando vivimos en el estado de conciencia-máquina, es decir, de identificación con el ego, no tenemos posibilidad de libre elección. Perdemos por completo la libertad, lo cual es inherente a la propia estructura automática por dos razones.

 Una razón interior: Las decisiones que tomamos a lo largo de la existencia, desde las más importantes hasta las más insignificantes de la vida cotidiana, están determinadas no por la voluntad inteligente y amante de nuestro Ser real, sino por un mecanismo de supervivencia programado en el pasado envuelto en una bruma más o menos densa y en medio de una algarabía emocional más o menos caótica. Mientras no sean desactivadas, las memorias no resueltas controlan totalmente nuestra vida afectiva, familiar, profesional y social. Determinan nuestro comportamiento y todas las decisiones que tomamos a lo largo de la existencia, desde las más triviales (la clase de ropa que llevamos, por ejemplo, o el tipo de vacaciones que seleccionamos) hasta las más importantes, como la elección de la profesión o del cónyuge.

La mayoría de la gente no se hace preguntas ante sus reacciones, preferencias, simpatías o antipatías. Las consideran reales, perrciben y sienten es de verdad, que son «ellos», cuando lo que ocurre es que, desde el exterior, se les ha reactivado un programa. No son realmente ellos, sino una falsa identidad robótica programada con antelación en el pasado. Todo está orquestado y dirigido por el ego, que crea la ilusión de que elegimos libremente, cuando no hacemos sino satisfacer sus demandas...

 

Es importante subrayar que las decisiones tomadas así, de forma inconsciente, a partir de condicionamientos del pasado, no aportan felicidad duradera ni satisfacción profunda. Al contrario. La mecánica es tal que cuanto más se responde a esas memorias, más se las refuerza y más activas y exigentes se vuelven en nuestra cotidianeidad. Nos cortan el contacto con la realidad y nos hacen vivir en un mundo ilusorio, absolutamente insatisfactorio, ¡y no sabemos por qué! Entonces echamos la culpa de nuestras desgracias al mundo en general, a los demás, a la sociedad, a las circunstancias exteriores... Pero eso no mejora las cosas. Todo lo contrario...

 

El ser humano, orgulloso de su intelecto, se cree libre. Pero si funciona a ese nivel, no es más que un robot con una programación mental-emocional proveniente del pasado.

 

• Una razón exterior: La libertad se ha perdido también porque el mecanismo mental-emocional primario hace al ser humano altamente manipulable. Puesto que al identificamos con el ego programado nos convertimos en robots, nuestras reacciones son previsibles y, por tanto, tan fáciles de manipular como los botones de un cuadro de mandos. Por eso las relaciones son tan difíciles, porque nos manipulamos unos a otros, casi siempre de modo inconsciente, es cierto, ¡pero cuán eficazmente! No hay verdadera libertad. Sólo máquinas que se rozan, que se entrechocan o que entran en colisión...

Los poderes establecidos conocen perfectamente el estado robótico descrito y lo utilizan sin reparo para manipular a la masa inconsciente, para dominarla y mantenerla en un nivel inferior de conciencia a fin de conservar su poder. Se valen de unos medios que encuentran perfecto apoyo en la propia estructura de la sociedad actual, tanto en su aspecto económico como en el político y social, y se refuerzan por la influencia hipnótica de los medios de información (más bien habría que decir de desinformación) de masas. ¿Qué vemos, por ejemplo, en las emisiones de televisión más populares? Historias de gran carga emocional que muestran una y otra vez los mecanismos automáticos de las tres P del ego.

La situación acabe dando un vuelco, esperemos, y que la humanidad reaccione y despierte a algo mejor.

Debido al mecanismo mental-emocional altamente  previsible del ego, el ser humano es mantenido en:

             La inseguridad, el estrés, el miedo (primer mecanismo primario) Todos sabemos hasta qué punto resulta fácil manipular a la gente reavivando su miedo e inseguridad. En el mundo actual abundan los ejemplos de manipulación de masas reactivando el mecanismo del miedo. No estaría de más que reflexionáramos acerca de nuestros temores para ver en qué medida determinan las decisiones que tomamos. Porque no son buenos consejeros...

             La avidez, el deseo de placer que genera insatisfacción permanente ( segundo mecanismo primario)

El mecanismo de la búsqueda de placer a ultranza es utilizado a gran escala por la sociedad de consumo para manipular a la gente y hacerla consumir sin fin. Se la mantiene en la ilusión de que será tanto más feliz cuantos más deseos vea satisfechos, aun sabiendo que no es cierto. Y así se venden promesas de felicidad enlatada (casa, sexo, coche, alimentos, vestidos, fama, viajes, encuentros, etc., todo lo que pueda hacer brillar el señuelo del placer). La utilización sistemática de la sexualidad para vender cualquier cosa es un ejemplo flagrante. Los poderes establecidos tienen interés en que la masa humana prosiga su carrera hacia el placer; la mantienen así en la ilusión y la dependencia, mientras ellos lo aprovechan en su propia carrera hacia el poder.

             La combatividad, la competición, la dominación ( tercer  mecanismo primario)

Cuando el ser humano se encuentra atrapado en ese mecanismo es también altamente manipulable por el tercer señuelo, el del poder. El poder del dinero, de las posesiones materiales, de la influencia en todos los órdenes. La enorme energía que muchos seres humanos dispendian en su lucha por el poder es la manifestación de un comportamiento automático teleguiado por otros que tienen aún más poder y que obtienen así sustanciosos beneficios...

Que quede claro desde ahora, insistimos en ello, que odiar a los poderes establecidos haciéndolos responsables de nuestras desgracias es absolutamente inútil y contraproducente. Si los sistemas nos manipulan es porque somos manipulables. Pretender luchar contra todos los manipuladores del mundo es una empresa sin esperanza; en cambio, todos ellos desaparecerán de modo natural cuando no exista nadie a quien manipular, es decir, cuando hayamos dejado de identificarnos con los mecanismos del ego y entre en acción el verdadero Maestro interior. No son elucubraciones filosóficas, no. Se trata de nuestra vida cotidiana, de nuestras relaciones personales, de nuestra salud, de nuestra sociedad, de nuestro mundo.

El ego intenta desesperadamente construir la falsa identidad, y sus estrategias para conseguirlo son muy variadas. Entre las más corrientes —y más destructivas— a nivel mental podemos citar: la crítica, querer tener razón (sobrevivir a través de los propios sistemas de pensamiento), y tratar siempre de dominar y evitar ser dominado (protección del territorio). Las estrategias del ego marcan todas las actividades, desde los más insignificantes quehaceres cotidianos hasta las grandes decisiones internacionales. Se trata de imponer el propio punto de vista.

Mientras estemos atrapados en el circuito inferior de la conciencia, la experiencia del momento presente será inalcanzable