Este texto en audio hecho por ordenador

 La relación entre el cerebro emocional y el <<cerebrito>>  del corazón es una de las claves de la inteligencia emocional. Al aprender – literalmente- a controlar nuestro corazón, podremos domesticar nuestro cerebro emocional, y viceversa. Pues la relación más fuerte entre el corazón y el cerebro emocional es la que establece lo que se denomina el <<sistema nervioso periférico autónomo>>, es decir, la parte del sistema nervioso que regula el funcionamiento de todos nuestros órganos, que escapa, a la vez, a nuestra voluntad y a nuestra conciencia.

El sistema nervioso autónomo está constituido por dos ramales que inervan cada uno de los órganos del cuerpo a partir del cerebro emocional.  El ramal llamado <<simpático>>* libera adrenalina y noradrenalina. Controla las reacciones de lucha y huida. Su actividad acelera el ritmo cardíaco. El otro ramial, llamado <<parasimpático>>, libera un neurotransmisor diferente que acompaña los estados de relajación y calma.  Su actividad disminuye la velocidad cardíaca. Entre los mamíferos, estos dos sistemas –el freno y el acelerador- se hallan constantemente en equilibrio. Eso es lo que permite que los mamíferos se adapten de manera extremadamente rápida a todos los cambios que puedan sobrevenir en su entorno. Cuando un conejo come hierba, seguro frente a su madriguera, puede interrumpir dicha actividad en cualquier momento, levantar la cabeza, tensar las orejas, que examinan los alrededores como si de un radar se tratase, a la vez que husmea el aire a fin de detectar la presencia de un depredador. Una vez que pasa la señal de peligro, regresa rápidamente a su comida. Sólo la fisiología de los mamíferos exhibe una flexibilidad tal. Para negociar las curvas imprevisibles de la vida se necesitan un freno y un acelerador, a la vez, que deben hallarse en perfecto estado, cada uno de ellos tan potente como el otro, a fin de compensarse mutuamente en caso de necesidad.

Según el investigador estadounidense Stephen Porges, el equilibrio sutil entre las dos ramas del sistema nervioso autónomo es lo que ha permitido a los mamíferos desarrollar relaciones sociales cada vez más complejas al hilo de la evolución. La más compleja entre ellas sería la relación amorosa y, sobre todo, la fase especialmente delicada de la seducción. Cuando un hombre o una mujer que nos  interesa nos mira y el corazón se nos sale del pecho, o nos ponemos a rugir, es que nuestro sistema simpático ha apretado el acelerador, tal vez demasiado. Si respiramos hondo para recuperar el resuello y retomar la conversación con más naturalidad, en realidad lo que habremos hecho será pisar el freno parasimpático.

Sin estas modulaciones constantes el asunto amoroso sería mucho más caótico y difícil, sujeto a numerosos errores de interpretación, como a menudo sucede entre los adolescentes, que no acaban de controlar del todo el equilibrio de su sistema nervioso autónomo.

Pero el corazón no se contenta con sufrir la influencia del sistema nervioso central, pues envía fibras nerviosas hacia la base del cráneo que controlan la actividad del cerebro.  Además de la vía hormonal, de la tensión arterial y del campo magnético de nuestro cuerpo, el <<cerebrito>> del corazón también puede actuar sobre el cerebro emocional a través de conexiones nerviosas directas. Y cuando el corazón se desajusta, se lleva con él al cerebro emocional. 

El reflejo directo del vaivén entre el cerebro emocional y el corazón es la frecuencia normal entre los latidos del corazón. Como las dos ramas del sistema nervioso autónomo se hallan siempre en equilibrio, siempre están a punto de acelerar o disminuir la velocidad del corazón. El intervalo entre dos latidos sucesivos nunca es idéntico. Esta variabilidad es muy sana en sí misma porque es señal de buen funcionamiento del freno y el acelerador y, por tanto, de toda nuestra fisiología. No tiene nada que ver con las arritmias que padecen algunos pacientes. Los ataques súbitos de taquicardia (esas aceleraciones brutales del corazón que persisten durante algunos minutos), o las que acompañan los ataques de ansiedad, son síntomas de una situación anormal en la que el corazón ha dejado de estar sometido al efecto regulador del freno parasimpático. Por el contrario, cuando el corazón late con la regularidad de un metrónomo, sin la menor variabilidad, es señal de enorme gravedad. Los tocólogos han sido los primeros en reconocerlo: en el feto, durante el parto, refleja un sufrimiento posiblemente mortal que vigilan muy de cerca. También entre los adultos, pues se considera que el corazón no empieza a latir con tanta regularidad más que algunos meses antes de la muerte.

Este término, <<simpático>>, proviene de la raíz latina que significa “estar en  relación”, porque los ramales de estos nervios mantienen una relación con la médula espinal a lo largo de la columna vertebral.

El neurotransmisor del sistema parasimpático es la acetilcolina.