El cerebro límbico.  En el centro del cerebro humano se encuentra el cerebro emocional. Estas estructuras, llamadas “límbicas”, son las mismas en todos los mamíferos. Están compuestas de un tejido neuronal distinto del cerebro cortical responsable del lenguaje y el pensamiento. Las estructuras límbicas son las encargadas de las emociones y las reacciones de supervivencia. En lo más profundo del cerebro se halla la amígdala, un núcleo de neuronas donde se originan todas las reacciones de miedo.

 

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Sistema formado por un conjunto de estructuras cerebrales que regula respuestas fisiológicas ante los estímulos emocionales (memoria, atención instintos sexuales, emociones -placer, miedo, agresión,  personalidad y conducta. 

 

Las tres P

La inteligencia del ser humano se ha desarrollado, desde luego. Pero, para una parte importante de la humanidad, todavía está al servicio de los tres mecanismos primarios, el pánico (o miedo, en general), el placer y el poder —que llamaremos «las tres P»—, haciéndolos más temibles debido a sus posibles efectos destructores.

EL PÁNICO

El pánico, o miedo en general, sigue siendo el mecanismo básico, tanto a nivel físico como psicológico. El temor estrictamente físico se ha transformado en estrés, en ansiedad (no hay más que ver la cantidad ingente de medicamentos consumidos al efecto) y/o en un sentimiento latente de inseguridad. El ser humano, aunque ya no tiene miedo de que lo devore una fiera o de que se lo coma el vecino, todavía alberga en su interior temores físicos, como el de que le roben o le ataquen, a los cuales se añade toda una retahíla de temores psicológicos: miedo a carecer, a ser abandonado, a no ser amado, miedo a quedarse sin trabajo, a perder al padre o a la madre o al amor de su vida, miedo a que le engañen, a ser manipulado, miedo a la autoridad, al futuro, a la soledad, a lo desconocido, miedo al ridículo, al fracaso, etc. Temores que no sólo conciernen a la supervivencia física, sino también a la psicológica, es decir, tenemos miedo de todo lo que amenace aquello con lo que nos identificamos, de todo lo que amenace la falsa identidad, el ego, que hemos construido a partir de las memorias.

EL PLACER

El instinto de reproducción ha ido evolucionando hasta convertirse en la  búsqueda desenfrenada de placer. El ser humano actual busca sin cesar la gratificación personal a través de los sentidos para evitar la desagradable sensación que le causa su vacío interior» La sociedad de consumo es clara muestra de ello. Para muchas personas, el placer como gratificación inmediata es el valor supremo; se busca ante todo, o casi, o se sueña con él... Vacaciones lujosas, viajes, coches, cenas en restaurantes, fiestas, alimentación excesiva, posesiones materiales, aventuras sexuales variadas, experiencias exóticas, etc. El ser humano se pierde a sí mismo en esa carrera desenfrenada en busca de un placer personal que sólo le satisface momentáneamente y que, en definitiva, le deja tan vacío como antes, o más.

EL PODER

La protección del territorio ha evolucionado convirtiéndose en la búsqueda  de poder: dominación, manipulación, humillación, competición, egoísmo, búsqueda de beneficios a cualquier precio y abuso de poder en todas sus formas. En realidad, y hasta cierto punto, cuanto más desarrollada está la mente, más activa y peligrosa puede ser la búsqueda de poder. ¿Por qué lucha la mayoría de los seres humanos actuales, incluso los más importantes, los que nos gobiernan —y que se supone son los más sabios— si no es por el poder?

 

Pero, si bien es verdad que mediante procedimientos químicos podemos adormecer el sistema límbico durante algún tiempo, no podemos, sin embargo, eliminar con ellos la carga emocional —los medicamentos no pueden hacer gran cosa a ese nivel— y el siguiente asalto, cuando despierte, será tal vez más violento aún...

 

La fatiga que hoy en día sienten muchas personas se debe, casi siempre, a esa parte del inconsciente, cargada emocionalmente, reprimida, atenazada, que frena todo lo que puede las actividades del día ¡con el fin de cumplir su misión! El agotamiento profesional procede también, en muchos casos, de la lucha interior entre lo racional —que tiene deseos, ambiciones, exigencias sociales y familiares— y el cerebro límbico que, cargado con sus propios temores y deseos, resiste y quiere que las cosas pasen a su manera, en función de sus memorias y no de otro modo. Más adelante definiremos otro tipo de lucha interior más interesante.

Vemos pues que la voluntad consciente objetiva no puede por sí sola neutralizar la carga del inconsciente. Por eso muchos de los buenos consejos y enseñanzas que se dan oralmente caen en terreno baldío. A medida que uno va siendo más consciente, comprende mejor que no es cuestión de reprimir las emociones; lo que hay que hacer es aprender a conocerlas, a controlarlas y, en definitiva, a poner en marcha todo lo que sea necesario para liberar el inconsciente y abrir así otros circuitos de la conciencia. Es un trabajo muy distinto, que conduce a un verdadero virtuosismo en el arte de manejar las emociones. Lo descubriremos más adelante. El córtex por sí solo no lo conseguirá...

Sólo el ser humano, con el libre albedrío procedente de una conciencia de sí que comienza a despertar, es capaz de decidir que quiere otra cosa. Por eso, comprender con claridad el funcionamiento del circuito inferior y sus consecuencias puede hacer brotar en nuestro corazón un fuego lo bastante fuerte como para impulsarnos hacia otra realidad, mucho más generosa y mucho más dichosa.

I - LA SEPARACIÓN

El circuito automático de la conciencia se apoya en un principio básico, la separación.2 En efecto, puesto que su principal misión consiste en asegurar la protección del individuo, ésta se impone a todo lo demás, a menudo en detrimento de otros individuos, del entorno o de todo lo que es exterior a uno mismo. Los demás son considerados en función de las tres P, es decir, únicamente en la medida en que pueden constituir una ayuda o un peligro para la supervivencia (física o psicológica), un enemigo potencial, o una fuente de aprovisionamiento o de dominación. En nuestro mundo civilizado, algunas veces se manifiesta de manera burda y evidente; otras, de forma velada o sofisticada. Pero es siempre, y ante todo, un estado de separación respecto a los demás.

Los tres mecanismos de supervivencia del circuito inferior  separan a los seres humanos unos de otros y de todo lo que les rodea.

El miedo separa,  la búsqueda egoísta del placer separa,  la búsqueda egoísta del poder separa.

LAS EMOCIONES «NEGATIVAS»

Consecuencia del estado de separación

En principio, el ser humano tiene acceso a toda la gama de emociones, desde las más elevadas hasta las más bajas. De entre todas las que existen en el gran depósito emocional, la mente automática, para asegurar la supervivencia, selecciona las que llamamos normalmente «emociones negativas», que en realidad son emociones separadoras.

             El miedo es el elemento fundamental del estado de separatividad en el que se encuentra la mayoría de la gente. El «otro» es siempre, a priori, un enemigo en potencia. El miedo genera estrés, ansiedad, agresividad, desconfianza, odio, cólera, fanatismo, violencia, y toda una retahíla de emociones negativas que conocemos muy bien. Ahora ya comprendemos de dónde procede ese mecanismo.

             La búsqueda egoísta del placer genera una actitud de depredador, es decir, que uno trata de alimentarse energéticamente a costa de los demás. Al alimento físico se añade el alimento psicológico. Hay muchas y muy diversas formas de extraer la energía, pero todas envenenan o limitan muchísimo la calidad de nuestras relaciones.  Si estamos atrapados en esa dinámica, utilizamos psicológicamente a los demás de un modo u otro para satisfacer nuestras propias necesidades físicas, psicológicas y afectivas programadas en el pasado. Y cuando no las satisfacen, cuando no podemos poseerlos como fuente de alimentación, comienza a emerger en el seno de las relaciones todo el arsenal de emociones negativas: resentimiento, ira, agresividad, celos, falta de integridad, envidia, indiferencia, desconfianza, manipulación, etc. Se encuentra uno atrapado en las redes de la separación y el sufrimiento.

• La búsqueda egoísta del poder genera orgullo, vanidad, violencia, mezquindad, crueldad, celos, fanatismo, odio y todos los sufrimientos que acompañan al abuso de poder. También genera sensación de impotencia, con todas sus consecuencias, en particular la «victimitis» y su cortejo de emociones negativas. O bien tratamos de ejercer poder sobre los demás, o bien odiamos a los que lo ejercen sobre nosotros. En cualquier caso, seguimos separados y el baile de emociones negativas continúa...

Del conjunto de emociones de las que dispone el ser humano, el cerebro límbico no puede hacer otra cosa que desencadenar y mantener las llamadas emociones «negativas», porque son las que, por el momento, sirven a su objetivo. No está ni bien ni mal. Son unos mecanismos que forman parte de modo natural de nuestro sistema evolutivo.

En cuanto empezamos a despertar, preferimos ciertamente las emociones positivas. Sin embargo, a veces sentimos que sube en nuestro interior, muy a nuestro pesar, una oleada de ira, de frustración o de alguna otra emoción de ese tipo, y nos encontramos sumergidos en un mar de negatividad. No está de más saber que, cuando a veces decimos «es más fuerte que yo», es que ha sido reactivada una memoria de la mente automática. Existen medios para salir de un ciclo tan doloroso. Reconocer la fuente es un primer paso.

 

Tras varios años de estudiar la diferencia entre los cerebros derecho e izquierdo, LeDoux quiso comprender la relación entre el cerebro emocional  y el cerebro cognitivo. Fue uno de los primeros en demostrar que las reacciones de miedo no pasaban por el neocórtex. Descubrió que, cuando un animal aprende a tener miedo de algo, la huella se forma directamente en el cerebro emocional.