Este artículo en audio hecho por ordenador 

En el mundo actual, lo que está sucediendo es la expresión de los mecanismos inferiores de la conciencia, donde el amor  y la inteligencia permanecen secuestrados por un conjunto de mecanismos  automáticos mentales-emocionales primarios e inconscientes no dominados. Esto nos crea nuestro ego.

 

Mientras seamos inconscientes, estaremos sometidos a la fuerza mecánica del ego y viviremos en lo que se llama el mundo de la ilusión, un mundo de angustia y sufrimiento. Pero es inútil culpar al ego y lamentarnos de los errores y deslices pasados. Por dolorosos que resultaran, fueron necesarios para la maduración de la conciencia. Y, efectivamente, es el sufrimiento lo que la despierta.

 

La falta de conciencia hace nacer el sufrimiento.  Se puede decir que el sufrimiento hace nacer la conciencia. La conciencia hace desaparecer el sufrimiento.

 

La gran fuerza del amor penetra todo el universo, incluso nuestra conciencia del circuito primario y nuestro ego. Asi que el amor se encuentra atrapado entre los mecanismos de supervivencia, se encuentra deformado, minimizado y desnaturalizado... Conmueve profundamente ver al ser humano debatirse entre las trampas del ego y la fuerza del verdadero amor.

 

Cuando funcionamos a nivel del ego, esa gran fuerza se manifiesta de la siguiente manera: «Te amo si satisfaces las programaciones y expectativas de mi ordenador.» Si no, te detesto; o al menos, no me interesas. Todos los grandes romances de amor-pasión son historias de ordenadores emocionales que se han activado el uno al otro, simplemente...

 

Según todo lo anterior, es evidente que los mecanismos del ego no pueden aportar  felicidad. No porque el ego sea malo, sino porque es una máquina y la verdadera felicidad  no está en su programa.

 

La fuerza que durante tanto tiempo nos ha empujado a buscar seguridad, placer y poder, y que creemos que es la búsqueda de la felicidad, es sólo una fuerza de la Naturaleza que  está cumpliendo una misión: la de construir el instrumento humano, el ego, y anclarlo en la materia. No es mala. No hay que combatirla. Debe ser reconocida por lo que es, sin más.

 

Corren tiempos nuevos, y ha llegado el momento de cambiar radicalmente de dirección porque la conciencia humana está preparada para despertar a otra realidad. El verdadero Despertar no tiene por qué ser una experiencia misteriosa, mística o grandiosa, acompañada de unos ángeles tocando trompetas. El verdadero despertar comienza por la toma de conciencia de esa maravillosa máquina nuestra que es el ego y la decisión de utilizarla conscientemente en lugar de dejar que sea ella la que nos utilice.

 

Hemos de reconocer que, por ahora, la mayoría de la humanidad, la inmensa mayoría, sigue funcionando según el nivel inferior de conciencia. Sin embargo, crece sin cesar el número de personas que está despertando y que escucha la voz del Maestro interior que, tras la máquina, transmite directamente su voluntad.

 

A pesar de que la estructura automática de la que somos portadores es fuente de muchas limitaciones, no es inútil, ni muchísimo menos. En realidad juega un papel importante y muy concreto encaminado a que la conciencia pueda anclarse en la materia y así utilice su energía de modo cada vez más eficaz.

 

Por ejemplo, caminamos de forma «automática». No necesitamos prestar atención a cada paso, como hacíamos cuando teníamos un año. El aprendizaje de la marcha nos costó algunos sufrimientos: más de una vez nos caímos de bruces o rodamos por la escalera, y resultó doloroso. Pero el ordenador grabó el aprendizaje y ahora podemos andar de manera automática y utilizar la energía de la que disponemos para contemplar la Naturaleza que nos rodea, para disfrutar del canto de los pájaros o escuchar al amigo que nos habla.

Lo mismo pasó cuando aprendimos a conducir y es lo que ocurre, en general, en todo proceso de aprendizaje. Si no fuera por la extraordinaria capacidad del ordenador para grabar en el cuerpo unos mecanismos automáticos, el pianista, por ejemplo, no podría transmitir a las manos su inspiración. ¿No es maravilloso? En ese caso, la vertiginosa velocidad del inconsciente es utilizada conscientemente. Recordemos que el ordenador puede tratar cuarenta mil millones (4x101°) de bits de información por segundo... Si sabemos ponerlo a nuestro servicio, puede ayudarnos a hacer cosas sorprendentes...

 

Mantendremos pues nuestra mente-ordenador, pero sin dejar que se sobrepase en sus funciones. Lo actualizaremos con cierta frecuencia y le añadiremos de vez en cuando memorias nuevas: lo que hayamos aprendido conscientemente y todo cuanto proceda del desarrollo de nuestros talentos.

 

Así que, cuando hablemos del ego en su aspecto mental inferior, tendremos que estar atentos y recordar que vivimos inmersos en un proceso evolutivo de la conciencia, y que también el córtex se desarrolla y evoluciona en ese mismo proceso. No hay que reducir las facultades mentales del ser humano al simple funcionamiento automático de la parte inferior de la mente, por supuesto. Y, si bien es importante dejar de identificarse con ella, liberarla de las cargas emocionales y aprender a usarla con sabiduría, no lo es menos el desarrollar de forma óptima su aspecto superior (el neocórtex) en forma de conocimiento y de apertura de espíritu e inteligencia.

 

El desarrollo de la mente forma parte de nuestro proceso evolutivo.

 

Como ya hemos mencionado, cuando el ser humano recibió el embrión del principio mental —hace unos dieciocho millones de años según la ciencia esotérica— recibió al mismo tiempo el poder de elegir el ritmo de su proceso evolutivo. No todos los reinos de la Naturaleza gozan de ese gran privilegio. El reino humano es casi la excepción. La libertad de elección reside en el principio mental. Debemos pues respetar y desarrollar esa importante parte de nosotros mismos.

 

Al hablar de evolución, es preciso entender, desde el principio, que no es posible ninguna evolución mecánica. La evolución del hombre es la evolución de su conciencia. Y la conciencia no puede evolucionar de manera inconsciente. La evolución del hombre es la evolución de su voluntad, y la voluntad no puede evolucionar de manera involuntaria. La evolución del hombre es la evolución de su facultad de hacer, y hacer no puede ser resultado de cosas que suceden.2

 

La libertad de elegir tiene un precio, ciertamente: el sufrimiento. Al parecer, así está hecho el proceso evolutivo de la conciencia. Pero si decidimos de forma consciente y voluntaria cambiar sus circuitos, entonces podremos trascender el principio mental con el fin de ponerlo al servicio de la Vida, y así nos liberaremos definitivamente del sufrimiento.

 

Permanezcamos pues atentos y no emprendamos contra la mente una lucha a muerte; sería de lo más insensato. Lo que debemos hacer es aprender a conocerla tal como es, dejar de identificarnos con la parte automática vinculada a lo emocional (al cerebro límbico) y desarrollar la parte superior (el neocórtex).

 

El ego nos resulta indispensable, incluso en su aspecto físico, y desde un grado tan elemental que sin él no podríamos vivir en este mundo, pues porta en sí una notable capacidad de adaptación a la vida. Contiene la experiencia de la propia materia y mantiene con ella una íntima conexión, gracias a la cual posee una energía enorme. No hay más que observar la increíble cantidad de energía que derrocha la gente para procurarse placer o, en algunos casos, para sobrevivir, simplemente. Si el alma pudiera utilizar la extraordinaria vitalidad del ego, el ser humano dispondría de una capacidad de creación verdaderamente excepcional. Necesitamos la vitalidad física —ese fuerte impulso que procede de la materia— para crear de forma concreta. Basta poner esa potente energía al servicio de una conciencia superior. El ego, bien controlado, es un instrumento indispensable que nos permite cumplir nuestra misión en la Tierra, que consiste en aportar la luz de una conciencia superior.

 

En medio del caos del mundo actual, y precisamente a causa de él, está emergiendo otra realidad. La conciencia colectiva está preparada para pasar a otro nivel. No son simples elucubraciones filosóficas, la ciencia va a explicarnos por qué. Estamos preparados para el gran salto.