Vence la depresión suplementando tu dieta con Omega-3

Los ácidos grasos Omega-3, que contiene el pescado, pueden ser la clave para aliviar la depresión de forma totalmente natural.

Estudios realizados mostraron que en los países en los que se consumen grandes cantidades de pescado las tasas de depresión son bajas en comparación de los países donde se consume poco pescado, lo que ha llevado a los investigadores a examinar si las grasas Omega-3 que contiene el pescado son las responsables de una disminución de las tasas de depresión.

Uno de los estudios hizo el seguimiento de pacientes con trastorno bipolar. La mitad de los participantes tomaron suplementos de aceite de pescado y la otra mitad un placebo. 4 meses después, la mitad de los que tomaron el placebo sufrían de depresión, en comparación con sólo 2 de las 15 personas que suplementaron su dieta con aceite de pescado.

Otros estudios han arrojado resultados similares, lo que indica que los ácidos grasos Omega-3 pueden mejorar los síntomas de depresión, y algunos psiquiatras están recomendando a sus pacientes que sufren de depresión el consumo de grasas Omega-3.

Además de los efectos positivos en la depresión, otros estudios relacionan las grasas omega3 con una mejora de la salud cardiovascular, prevención y tratamiento de algunos tipos de cánceres y patologías de tipo inflamatorio como la artritis reumatoide..

 

Los ácidos grasos Omega-3 también resultan beneficiosos para el desarrollo del cerebro de los bebés. Por tanto, se recomienda a las mujeres embarazadas y lactantes consumir estos ácidos grasos Omega-3. Sin embargo, la ingesta de pescado como fuente de Omega-3 puede resultar peligrosa dado los altos niveles de mercurio en el pescado.

El aceite que hace funcionar el cerebro

El cerebro forma parte del cuerpo. Al igual que las células del resto de órganos, las del cerebro renuevan sus componentes continuamente. Así pues, las células de mañana están hechas de lo que comemos hoy. Además, el cerebro está formado, en dos terceras partes, por ácidos grasos. Son los componentes básicos de la membrana de las células nerviosas, su “envoltorio”, a través del que se producen las comunicaciones entre todas las células nerviosas en todas las regiones del cerebro y del cuerpo. Lo que comemos se integra directamente en estas membranas y constituye la trama. Si sobre todo consumimos grasas saturadas –las que, como la mantequilla o las grasas animales, permanecen sólidas a temperatura ambiente-, su rigidez se releja en las de las células del cerebro. Si, por el contrario, comemos sobre todo grasas poliinsaturadas –líquidas a temperatura ambiente-, las células del cerebro serán más fluidas, más flexibles, y la comunicación entre ellas más estable.  Sobre todo si se trata de ácidos grasos omega-.

 Los efectos de este comportamiento no son sutiles. Cuando se suprime los omega-3 de la alimentación de ratas de laboratorio, su comportamiento cambia por completo en pocas semanas: se tornan ansiosas, no aprenden ninguna tarea nueva y se aterrorizan en situaciones de estrés (por ejemplo, cuando deben escaparse de un estanque encontrando una plataforma de salvamento). Y aún puede ser más grave, ya que una alimentación pobre en omega-3 reduce la experiencia del placer. Son necesarias dosis más importantes de morfina para que estos roedores vuelvan a demostrar el mínimo interés, ya que esta droga personifica el placer fácil.6

Por el contrario, un equipo de investigadores franceses ha mostrado que una dieta rica en omega-3 –como la de los esquimales, que asimilan hasta 16 g diarios de aceite de pescado- aumenta, a largo plazo, la producción de neurotransmisores de la energía y del buen humor en el cerebro emocional.*

 * Se trata sobre todo de la dopamina, que es el neurotransmisor responsable de los efectos energetizantes y euforizantes de las anfetaminas y la cocaína.

El feto y el neonato, cuyo cerebro está en pleno desarrollo, tienen las mayores necesidades de ácidos grasos omega-3. Un estudio danés publicado recientemente en el British Medical Journal establece que las mujeres que consumen más omega-3 en su alimentación todos los días durante el embarazo, tienen hijos cuyo peso al nacer es más sano, y son menos prematuros.9  Otro estudio danés, publicado en el Journal of the American Medical Association, señala que los niños a los que se ha amamantado al menos durante nueve meses tras el parto –y que por ello han recibido una mayor cantidad de omega-3 en su alimentación- cuentan con cualidades intelectuales superiores a los demás veinte o treinta años más tarde.*

 

El doctor Andrew Stoll, de Harvard, ha sido el primero en demostrar la eficacia de los aceites de pescado ricos en omega-3 en la estabilización del humor y el alivio de la depresión entre los pacientes maníaco-depresivos.  En su estudio, de todo el grupo de pacientes que tomaba omega-3, sólo uno padeció una recaída.

Los resultados de este estudio fueron tan concluyentes que los investigadores debieron interrumpirlo al cabo de cuatro meses. En efecto, los pacientes del grupo <<testigo>> -los que no recibían más que un placebo a base de aceite de oliva- recaían con mucha más rapidez que los del grupo de omega-3, y era contrario a la deontología médica privarles de ellos durante más tiempo.

Tras pasar varios años estudiando los mecanismos del humor y de la depresión, el doctor Stoll quedó tan impresionado del efecto de los omega-3 que decidió escribir un libro consagrado al tema.  No obstante, más tarde se ha sabido que los beneficios de los omega-3 no se limitan al tratamiento de la enfermedad maníaco-depresiva.

Añadió algunos gramos diarios de aceite de pescado purificado con el objeto de regenerar las membranas de las neuronas. Los resultados fueron espectaculares. 

Sin duda habrá que esperar varios años antes de que se realicen un número suficiente de estudios de este tipo. En efecto, como los ácidos grasos omega-3 son un producto natural, no es posible patentarlos. Por ello no interesan a las grandes empresas farmacéuticas, que financian la mayoría de los estudios científicos sobre la depresión.

No obstante, la existencia de una relación entre la depresión y una tasa demasiado baja de ácidos grasos omega-3 en el organismo aparece sugerida en otros muchos resultados. Por ejemplo, los pacientes deprimidos cuentan con reservas más débiles de omega-3 que los sujetos normales.  Y cuanto más débiles son sus reservas, más graves son sus síntomas. Y lo que todavía resulta más sorprendente: cuanto más omega-3 contiene la alimentación corriente de las personas, menos tendencia tienen a deprimirse.

Esto coincide con un gran estudio elaborado en Finlandia, y publicado en los Archives of General Psichatry , que muestra que un consumo frecuente de pescado (más de dos veces por semana) está asociado con un menor riesgo de depresión y una disminución de pensamientos de hastío de vivir en la población en general.²²  Y un estudio de la población de 2003 en los Países Bajos también confirmó que las personas mayores de 60 años, cuyos exámenes de sangre revelan niveles más altos de ácidos grasos esenciales omega-3 en su cuerpo, tienen menos probabilidades de estar deprimidos. 

 

La demostración científica de que la alimentación tiene un impacto profundo sobre casi todas las grandes enfermedades de las sociedades occidentales. Los cardiólogos apenas empiezan a admitirlo (aunque no prescriban siempre aceite de pescado, a pesar de los estudios realizados en ese campo y las actuales recomendaciones oficiales de la American Herat Association).  Los psiquiatras están todavía más atrás. No obstante, el cerebro es ciertamente tan sensible al contenido de la alimentación cotidiana como lo es el corazón. Cuando nos intoxicamos con alcohol o drogas ilegales, el cerebro sufre. Cuando no le alimentamos con componentes esenciales, también sufre. Resulta, por tanto, sorprendente que hayan tenido que pasar dos mil quinientos años para que la ciencia moderna caiga sobre esta constatación, algo que todas las medicinas tradicionales, sean tibetanas o chinas, ayurvédicas o grecorromanas, ya tenían presente desde sus primeros tratados. Decía Hipócrates: <<Deja que tus alimentos sean tu remedio, y que tu remedio sea tu alimento>>. Hace dos mil cuatrocientos años.

Pero existe otra puerta de entrada al cerebro emocional que pasa totalmente por el cuerpo. Reconocida también desde los tiempos de Hipócrates, ha sido tan descuidada en Occidente como la alimentación. Curiosamente, lo es todavía más por quienes padecen de estrés o depresión, bajo pretexto de que bien carecen de tiempo o de la energía necesaria. Se trata del ejercicio físico. Incluso, como vamos a ver, en dosis muy pequeñas…