Este artículo en audio hecho por ordenador

Nuestra percepción de la realidad  no es necesariamente la realidad.

Nuestra percepción depende directamente del circuito  que la conciencia utilice para percibir la realidad.

 

Las emociones no son «inteligentes» en sí mismas. Pero se pueden elegir y utilizar con inteligencia. Constituyen un depósito de energía que, si es puro, fuerte y libre y se gestiona bien, le da al ser humano la posibilidad de vivir de una forma maravillosamente adecuada, equilibrada, creativa y llena de amor.

Así que el problema no está en elegir entre la cabeza y las emociones, sino en elegir entre dos modos de proceder muy distintos, tanto de la mente como de las emociones.

Las investigaciones indican que no es el cerebro el que genera la conciencia, sino que, por el contrario, es el nivel de conciencia del individuo el que determina qué partes del cerebro van a ser activadas.'

Todo lo que percibe a través de los sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) se transmite al cerebro, a un lugar denominado «tálamo». Y, desde ahí, según su estado de conciencia, la información captada podrá tomar diferentes caminos, correspondientes a distintas partes del cerebro. Según el camino seguido, la percepción que tenga de lo ocurrido entrañará una serie de reacciones físicas, emocionales y mentales más o menos adecuadas a la situación y que no dependen sólo de ésta, ni mucho menos, como la mente racional podría hacer creer.' En realidad, dependen sobre todo del circuito que se utilice para tratar la información.

A lo largo de esta obra observaremos tres posibles circuitos que describen los mecanismos de la conciencia y determinan la calidad de todas las experiencias humanas, las buenas y las no tan buenas.

 

1- En la primera parte, consideraremos circuitos pasados y actuales adquiridos por el conjunto de la humanidad a distintos niveles.

2- En la segunda parte, circuitos en potencia y en vías de desarrollo que abren el camino a un avance excepcional del potencial humano.

3- Y, por último, consideraremos un circuito híbrido o intermedio.

Veremos entonces que los mencionados circuitos juegan un papel fundamental en nuestra vida cotidiana y, puesto que disponemos de herramientas adecuadas, podremos modificarlos en las mejores condiciones posibles, en beneficio nuestro y en el de todo el planeta.

 

El primer  circuito posible: El atajo primario

Hace muchísimo tiempo, el ser humano primitivo, para sobrevivir, necesitaba un sistema de reacción rápido y seguro. En aquella época, reaccionar de una manera o de otra podía suponer, en milésimas de segundo, la diferencia entre la vida y la muerte. Pues bien, dado que todavía no tenía desarrollado el córtex cerebral, la Naturaleza había previsto un atajo primario que todo ser humano todavía porta en sí y que funciona desde la noche de los tiempos.

 

Dicho atajo permite que la información llegue instantáneamente al sistema límbico, en concreto a un lugar llamado amígdala cerebral,' que es como un cerebro dentro del cerebro. Allí se analiza la información de manera específica, esto es, atendiendo a tres principios bien conocidos, cuyo objetivo principal es asegurar la supervivencia física. Se trata de unos mecanismos en estado bruto que, en un nivel primario de la evolución, tenían desde luego su razón de ser.4

Son éstos:

             El miedo (para mantener la seguridad).

             El instinto de reproducción (para asegurar la continuidad de la especie).

             La protección del territorio (para conservar un espacio de supervivencia).

Según esos tres principios, el tratamiento que recibe cualquier nueva información es el siguiente:

 

En primer lugar, la información se registra de modo instantáneo y a todos los niveles en esa parte primitiva del cerebro. Se graba de manera precisa y completa e incluye todas las percepciones sensoriales, las reacciones del cuerpo físico, las de la conciencia —por primaria que sea— y, por supuesto, las acciones que se hayan llevado a cabo para asegurar la supervivencia. La amígdala cerebral y el sistema límbico son pues  depositarios de un cierto número de «memorias» transmitidas de generación en generación. Podemos decir, por ahora, que proceden tanto del inconsciente colectivo en el que se encuentra inscrito el proceso evolutivo de la humanidad como de experiencias concretas que corresponden a todo el linaje de la especie y de las que el ser actual es portador (algunos fueron atacados y comidos, otros no...), como también, por supuesto, del banco de datos procedente de las vivencias del propio individuo. «Aprendíamos» por experiencia, lo cual aseguraba nuestra supervivencia; y la información quedaba grabada en esa parte del cerebro. Eran memorias muy valiosas, en particular las relativas a situaciones de peligro y al modo en que había que reaccionar para sortearlo; era preciso poder acceder a ellas con rapidez y en cualquier momento.

 

Veamos entonces cuál es el mecanismo de supervivencia en acción. Cuando se presenta una situación nueva, la amígdala no se entretiene en analizarla con detalle para tener una visión clara y precisa de lo que ocurre sino que, para responder con urgencia y hacer frente a cualquier posible riesgo, tras una percepción rápida y burda de la situación, se limita a ver si existe alguna similitud, por remota que sea, entre ésta y alguna de sus memorias pasadas. Si es el caso, envía inmediatamente al cerebro una serie de reacciones automáticas idénticas a las que se tuvieron en la situación pasada y que sirvieron para asegurar la supervivencia del individuo. Las reacciones no siempre son acertadas, a veces resultan excesivas, pero permiten a esa parte del cerebro dar órdenes en previsión de cualquier riesgo. Además, en esas condiciones no se dispone de otros medios ni de tiempo suficiente para tener una percepción más clara de la realidad. El mecanismo en cuestión puede activar las reacciones físicas en milésimas de segundo.

 

Así es como funcionábamos los seres humanos primitivos. Teníamos reacciones rápidas, pero muy primarias, porque procedían de una percepción imprecisa de la realidad. Era el modo más inteligente de actuar en aquel entonces y, de hecho, cumplió su función, puesto que aún estamos aquí...


En principio, ese modo de conducirse tan primario ya no nos concierne de forma directa, al menos no debería. Es cierto que, en algún caso excepcional, podemos encontrarnos en una situación de amenaza de muerte en la que se reactiven nuestras memorias más antiguas.

Es evidente que, en el mundo moderno en que vivimos, situaciones de ese tipo no son ya nuestro problema cotidiano. No es como cuando vivíamos desnudos en la selva.

En realidad, aunque la corteza cerebral se haya desarrollado a lo largo del tiempo, no por ello han dejado de funcionar la amígdala y la parte límbica del cerebro.

La dinámica de grabación de situaciones peligrosas en las que sobrevivimos gracias a una acción inmediata y apropiada (dando un salto adelante, luchando, huyendo, etc.), que fue muy útil durante todo un tiempo de evolución, no se detuvo de pronto por el hecho de que comenzáramos a tener un cerebro rudimentario. La amígdala ha seguido velando por la supervivencia física; sin embargo, a medida que se iban desarrollando los cuerpos mental y emocional, ha ido ampliando sus funciones y las ha adaptado a las nuevas situaciones. Porque, si bien es cierto que la vida física comporta menos riesgos en la actualidad que en la época de las cavernas, la vida psicológica, sin embargo, sigue desarrollándose y todavía es muy frágil.

En esa ampliación de funciones, la amígdala ha mantenido siempre su papel inicial de «protectora», pero la protección ya no es sólo de supervivencia física, sino psicológica, relacionada con los cuerpos mental y emocional. Consiste, esencialmente, en una protección frente al sufrimiento, pues al ser humano no le gusta sufrir.

Con esa finalidad, la amígdala ha ampliado su sistema de grabación para guardar en su memoria no sólo las situaciones de estrés procedentes de amenazas físicas, sino también los acontecimientos que han causado estrés psicológico, es decir, sufrimiento mental-emocional. En efecto, con la evolución y el desarrollo de los cuerpos emocional y mental, ha aparecido el sufrimiento. Sufrimos porque nos sentimos juzgados, rechazados o abandonados, porque somos víctima de algún abuso o injusticia, porque creemos haber fracasado, porque no se reconoce nuestra valía personal, porque no hemos obtenido lo que deseábamos, porque nos sentimos solos, impotentes, perjudicados o culpables, porque tenemos «penas del corazón», etc. ¡Toda una serie de experiencias de las que no se preocupaba en absoluto el hombre de las cavernas!


De modo que, con el desarrollo emocional y mental, los mecanismos de la amígdala y del sistema límbico se fueron adaptando para proteger y defender al ego frente a cualquier situación que amenazara aquello con lo que él se sentía identificado: opiniones, creencias, pensamientos, emociones, deseos, en una palabra, todo lo que le da a la personalidad la ilusión de identidad. La amígdala ha ampliado pues su territorio: no sólo se ocupa de proteger el cuerpo físico, sino que ahora protege también esa especie de pseudo-identidad psicológica que el ser humano ha ido construyendo con el tiempo a partir de experiencias mentales-emocionales grabadas en su memoria.

Funcionamiento del sistema límbico a nivel psicológico

¿Cómo funciona el circuito ampliado? Pues diremos, en pocas palabras, que el mecanismo de supervivencia «psicológica» funciona exactamente igual que el mecanismo primitivo que garantizaba la supervivencia física. Los dos principios básicos de «grabación y similitud», en su contexto ampliado, se aplican ahora a todas las situaciones físicas y psicológicas de la vida cotidiana del ser humano moderno.

             Por una parte, la «grabación». Cada vez que ha habido sufrimiento, se ha grabado el recuerdo. Y se ha grabado tanto más profundamente cuanto más intenso ha sido éste, con el fin de proteger en lo sucesivo de la mejor forma posible al ego, entidad ya no sólo física sino, además, emocional y mental. Lo mismo ocurre si ha habido estrés.

             Después se aplica el principio de «similitud» descrito arriba y exactamente de la misma manera. No es preciso que haya una semejanza evidente; a la amígdala le basta encontrar una vaga similitud para desencadenar una serie de reacciones, sentimientos, pensamientos y acciones que dependen de lo que se encuentre grabado en la memoria original. La amígdala, como un ordenador formidable, otea continuamente el horizonte detectando todas las situaciones actuales y comparándolas con alguna situación física o psicológica de las que tiene almacenadas en su memoria.

Si la corteza cerebral, a pesar de estar más evolucionada, no es lo suficientemente fuerte o no está muy desarrollada, o si la memoria con la que se entra en contacto tiene una intensa carga emocional, entonces es la amígdala la que, junto al sistema límbico, toma la delantera y acciona una serie de reacciones físicas, emocionales y mentales que dependen de la memoria con la que se ha entrado en contacto y no de la percepción clara y correcta de la realidad del momento.

La respuesta mental-emocional es entonces tan automática, incongruente, excesiva y, por tanto, inadecuada como podría ser a nivel físico la reacción instintiva del hombre primitivo. Pero no se da uno cuenta. Tiene la misma reacción emocional (irracional) que en el pasado, la misma manera de pensar y de percibir las cosas (igualmente irracional) y las mismas reacciones en el cuerpo físico. ¿Que la situación presente no tiene  nada que ver con aquella otra? ¿Que la reacción de entonces fue dolorosa o desagradable? ¡Da lo mismo! Lo importante es reaccionar como en el pasado y utilizar el sistema de defensa psicológico que se utilizó entonces, puesto que permitió sobrevivir...

 

La mente automática

El hipocampo (en el neocórtex) y la amígdala (en el cerebro límbico) «ven» todas las situaciones de la vida, pero cada uno a su manera. Así pues, el ser humano actual medio oscila en todo momento, de modo consciente o inconsciente, entre dos tipos de percepción y, por tanto, entre dos formas distintas de reaccionar que entrañan a su vez resultados muy diferentes.

Si la carga emocional de la amígdala es muy intensa, es ésta la que ordena al cerebro la manera de pensar y de sentir —y, por tanto, de reaccionar— no en función de unas circunstancias concretas sino en función de una situación pasada que probablemente no tiene nada que ver con la situación presente o con la que sólo guarda una remota semejanza... La amígdala no se contenta con provocar un cortocircuito en la corteza cerebral, sino que la coloniza, ¡incluso la moviliza!

Así es como la parte racional de la mente puede ser invadida por una percepción errónea del cerebro límbico referida al pasado. Entonces las dos partes actúan de común acuerdo sin que nadie, o casi nadie, se dé cuenta...

 

 

Extraído de los libros de Annie Marquier

 

TÁLAMO E HIPOTÁLAMO    ----  Descarga aquí un texto sobre el sistema límbico

-Se encuentran entre el tronco cerebral y el cerebro.

-El tálamo recibe mensajes de los receptores y transmite la información a la región adecuada del cerebro.

El hipotálamo es el centro del control para el reconocimiento del hambre, sed, cansancio, ira y temperatura corporal.